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Ahí va

Sin raíces

Bueno, aquí dejo una más. Estoy trabajando en otras, pero dejo esta como entremés.

Contengo mi saliva, contengo el sudor, contengo mi ansia. Pero no puedo con el fulgor.

Subo muy alto, hasta contemplar el brillo de la ciudad. Y no puedo decir nada más que la zona que no duerme la asimilo a ti.

Del amor al odio sólo hay un paso, y al de la locura medio.

Poder escuchar los reproches que acalla mi habitación, y que no para de preguntarme mientras duermo: “y si…´´

Tal vez fuera más obsesión que otra cosa. Y que me conforme desde siempre con una mirada en vez de todas.

Mis pesadillas son peores que mi día a día. Y las susodichas sombras del olvido no logran alcanzarme.

Pero puede, que por suerte este mundo me ha dado una virtud. La adaptación es mi premio por aprobar un curso por correspondencia.

Y ella me hace reabsorber la lluvia. Con la única diferencia de unas raíces que desemboquen a un paraíso terrenal.

Pero es mi elección el no convertirme en flor. Siempre ha sido esa mi decisión. Y no me arrepiento que sea esa la razón, de la que no me mires con la misma dulzura y delicadeza.

Pues es más fácil mirar que observar. Y convencer a tu gusto camaleónico tan sencillo como el ser una planta trepadora.

Esa es la razón de que deje que adornes tu castillo con plagas, para que una mañana veas como devoran la flora y desquebrajen tus muros.

Y te des cuenta de tu error, que para eso ya eres mayor.

Mientras que yo, mis raíces y mi adaptación estaremos en una llanura bañándonos con el Sol. Dejándonos regar por el abrazo de las estrellas y por susurros de voces venideras.

Y tú, tómatelo como quieras.

Una prosa más para la colección.

Verdades y mentiras

Aquí dejo un poema que me ha dado por escribir más largo de lo normal.

Mirando en mi destiempo ocasional, cuando se ha hecho patente el fuera de juego.
Y la mecedora del contratiempo mece al son del minutero.
Las olas chocan contra el acantilado y lejos de parecer un sonido calmante, me recuerda la pérdida del tiempo y la esperanza de olvidar.
El sonido en eco de frases que nunca debí escuchar; y ahora por culpa de una voz femenina retumba en mis oídos cuando el silencio de mi día a día me encuentra a solas.
Tiempos inciertos es lo que ahora me acompaña, esperando fuera de clase. Y cuando intento hablarle me da la espalda.
Ojalá pudiera decir con certeza que estoy sóla.
Siempre está presente cuando miro el horizonte, me ayuda con las bolsas de la compra. Incluso se mete en mis canciones en mis intentos de hacerle el vacío.
Su acoso me inspira agobio y ternura. Por la excesiva delicadeza que envuelve sus frases y las mentiras piadosas.
Su caballerosidad engaña a los posibles testigos de su derrota.
Y me dice al oído lo que debo decir para no levantar sospechas.
Podría decir que es el culpable, pero no sería justo darle ese rango sin quedar mi presencia incubierta.
Sería muy fácil pasar por víctima, siempre ha quedado bien cuando la desdicha es narrada con ojos llorosos.
Pero no sería del todo sincera, ya que en casi todos los casos no hay sólo un acusado. Aunque los demás no sean los juzgados.
Tarde aparecerá la verdad tirada en una cuneta, llegando a casa haciendo autostop.
Y me gritará justo abajo en de mi balcón, que dejé que se lo llevaran sin decir palabra.
Mientras curiosos y vecinos pasan por su lado le sonsacarán todo lo que me callé ya hace tiempo atrás.
Durante cierto tiempo sólo me quedará mirar hacia abajo por la vergüenza, hasta que se quede en el olvido esa mañana que se armó tanto escándalo.
El caso es que se olvidará, y otras verdades escandalosas serán sus sustitutas. Al igual que otras las personas que sean obligadas a mirar para abajo.
Y los días pasarán de nuevo, con muchos más actos que callar y desenterrar.

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